Nudista.

Tras salir de mi segunda clase de yoga, triunfante por haber terminado sin tener un ataque de risa a media sesión, como me solía pasar hace años cuando lo intenté por primera vez, emprendí caminata hacia la casa en compañía de Constanza. Porteña de toda la vida, rapada de la mitad baja de la cabeza, artista y, por el momento, también mi vecina.

Como parte de la rutina de conocernos, me pregunta con ese acentito chileno tan lindo: Karla (niego con la cabeza)… Karina (vuelvo a negar)… ¡Karen! (vaya, la tercera es la vencida). Oye, ¿Y tú a qué te dedicas?

Me resultó complicado responderlo, y entonces le explico que estudié Marketing, pero en realidad nunca me gustó para ejercerlo; mayormente trabajé haciendo cosas de ingeniera, pero en un ambiente de leyes, que trabajaba para Gobierno, pero aclaro que nunca fui Gobierno; luego me pasé contemplando la vida sin hacer nada para después pasar a mochilear el continente, donde hice voluntariados de todo tipo; que volví a México por un año y estaba en ventas… o algo así, nunca tuve muy clara mi función en esa empresa; pues por ahora no trabajo, ni ando de voluntaria precisamente, salvo que cuidar la casa de un amigo y acabarse la comida de su refrigerador se considere voluntariado, y ya en marzo ahora sí me voy a trabajar del otro lado del Pacífico, pero todavía no sé de qué. Así que, Constanza, discúlpame pero no sé muy bien cómo responder a tu pregunta…

Me ve con cara de confusión, y me vuelve a preguntar que a qué me dedico. «¿En qué usas tu tiempo mayormente en estos momentos, pó?»

Eso sí que lo sé responder. La veo fijo a la cara, tratando de no reír, y le digo:

«¡Ah! Entonces me dedico a ser nudista».

Satisfecha con la corta y concisa respuesta, no cuestiona nada y simplemente mira al cielo y suspira un sabroso «Bacáaaaan».

K.

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