Duerme. Piensa. Habla.

Come. Reza. Ama. Es el nombre del libro que las últimas tres semanas me ha acompañado en esta linda casa de madera, con vista al intenso azul mar de Valparaíso. Lo encontré por casualidad en un mueblecillo de la galería de arte, estudio de yoga y departamento (sí, las tres cosas en uno, en Valpo hay que aprovechar al máximo el espacio) de Jamie; y aunque en un principio me pareció divertido leerlo por cumplir con el mero cliché de la mujer trotamundos, ahora que lo he terminado me pregunto si alguna fuerza extraña, algo a lo que mi limitado vocabulario puede llamar destino, me puso esta historia a propósito para desmenuzar mejor mi propia experiencia.

Muy probablemente viste la película y, apostando nuevamente a la generalidad, seguramente te gustó. Una historia que encaja perfecto en el estilo hollywoodense: drama romántico, viajes extraordinarios, un pequeño momento de tensión que simplemente nos prepara para disfrutar de un final feliz. Sí que la historia de Liz se trata de eso, pero de manera muy superficial, o al menos fue la interpretación que yo tuve de ella; para mí es el relato de un decisivo cambio en la vida de la autora, en un esfuerzo por retomar el control de las riendas de su plenitud, un año de centrarse en ella y sólo ella, algo que quizás suena un poco arrogante, pero la verdad es que a mí me parece bastante inteligente. Bueno… Es aquí donde viene la que me resulta un poco vergonzosa confesión: ¡Cómo me sentí identificada con ella!

Cuando compré mi vuelo a Santiago hace 8 meses, fue con la intención de volver al lugar que hasta ahora me ha brindado la mayor paz y libertad que he experimentado: el rancho «El Mirador». Supongo que fui tan feliz cuando estuve allá hace dos años, que me pareció lógica la idea de revivirlo y tratar de reencontrar todo lo que esa cápsula en el tiempo y espacio me regaló durante cuatro meses. Sin embargo, se me olvidó un pequeño detalle, que curiosamente trato de tenerlo presente, y aún así se me pasó. NADA ES PERMANENTE. Así que quise volver a lo que fue en aquel entonces, cuando yo ya no era la misma; de pronto ya no me interesaban las mismas cosas, los mismos lugares, la misma gente. Ya no quise ir con él, no quise acampar allá, no quise continuar con el plan. Decidí guardar ese hermoso recuerdo como lo que es, un recuerdo, así de perfecto como fue en aquella época. Y entonces me surgió una enorme pregunta: ¿Entonces qué carajos quiero? No lo tenía muy claro, pero sí que explotó en mí lo que no quería.

El cielo inigualable del sueño que viví en El Mirador.

Es así como Liz inicia su búsqueda del equilibrio entre cuerpo y espíritu en un viaje a tres países diferentes, y yo decidí viajar con ella y hacer mi propia búsqueda, no de aquel equilibrio, sino de lo que quiero en este momento. Así que llegué a Santiago, y en vez de seguir camino a la Patagonia, como tanto lo canté el último año, me vine a Valparaíso, a dejarme a apapachar en el Cerro Mariposas, y a disfrutar de mi bella solitud. Solitud, ojo, no soledad; que no es lo mismo estar sola, que sentirse sola.

Ya había pasado antes más de un año sola y fuera de mi zona de confort cuando por razones laborales viví en el sureste mexicano, pero con el trabajo, ganas de salir de fiesta y otros intereses que me tenían en diferentes vibraciones, no tuve la oportunidad como la tengo ahora de tener este espacio y tiempo para un autoconocimiento más exhaustivo. Y aquí estoy, sentada en el suelo del pasillo (como ya lo confesé en el post anterior, desnuda), recibiendo el rico calorcito del sol en los pies, escribiendo una vez más. Los jueves tengo contacto humano cuando voy a clase de yoga, y si me entran ganas de convivir, me voy al hostal de arriba un rato, lo cual francamente no sucede muy seguido. Así que en general paso mis días acompañada de mí misma, y es aquí donde he reescrito mi propia historia hollywoodense. En lugar de comer, rezar y amar, he aprendido a dormir, pensar y hablar.

Duerme.

Crecí en una ciudad, así que desde que entré a la escuela, como a los 3 o 4 años, me despierto con el sonido de una alarma, en contra de mi voluntad y a favor de la corriente social. Dormir a veces está visto como tiempo improductivo, pero me he dado cuenta de que es algo esencial para sentirme sana y en paz. No muchos lo saben, pero como resultado del estrés que viví (porque quise, nadie me obligó), las últimas dos semanas en México, estoy lidiando con una molesta infección en la piel que a la fecha sigo tratando. Tras la opinión de tres médicos distintos, un puñado de pastillas, análisis de sangre y tomar vitaminas, he descubierto que lo que más me hace bien es dormir. «Relájate, mi niña», me dijo la última doctora, y eso es lo que decidí hacer. Liz se reencontró con su salud y el placer a través de la comida, yo lo hice gracias a mi ahora estrecha relación con la almohada.

El piso de madera que alberga mis siestas de media tarde, en el pasillo de la planta alta.

Piensa.

En todo, desde lo más simple hasta lo más complejo. Cuando llegué a tierras chilenas puse mi cara de Karinsky, la que cuenta chistes y es alegre, y reprimía aquellas cosas que me ponían de cierta manera triste; fue hasta que comencé a pensar en mis miedos, vergüenzas y nostalgias cuando me acepté más y mejor, y con ello encontré mi propio estilo de meditación. Pienso en lo rico que es el aguacate, pienso en que no debí haber dicho eso de aquella persona, pienso en el hubiera, y luego pienso en que el hubiera no vale de nada, pienso en la cumbia que escuché en la mañana, y pienso también en lo que me espera en Nueva Zelanda. Liz encontró espiritualidad mientras rezaba, y la verdad que eso todavía no es lo mío, pero yo la encontré al encaminar mis pensamientos hacia la aceptación de las cosas.

La fibra de la alfombra en la que me siento a pensar mientras tomo un té por la mañana.

Habla.

Antes de irme de Guanajuato, Peque me dijo: «Ahora que estarás sola, habla. Háblate, y hazlo en voz alta». Como todas las locuras que me dice, en su momento me dio risa, pero en el fondo sí que la escuché. Al inicio me sentí ridícula, pues me reconozco perfectamente en mi interior, pero en voz alta sueno como a una extraña que me grita por la calle para decirme que traigo el zapato desabrochado. Sentí así como cuando uno envía un mensaje de voz por WA y piensa «¿En verdad que ésa es mi voz? ¡Qué feo se escucha!». Pero al cabo de los días, ya hasta me canto un poco, y vaya que soy desentonada. Al final del libro, Liz se permite amar nuevamente a un hombre, y eso la verdad que nunca me ha costado trabajo; me gusta amar, sin pensarlo mucho, y ya. Pero demostrarme el amor a mí misma a través del habla, eso sí que no lo había hecho. Así que me hablo, todos los días, para recordarme que ahí estoy para mí, y que sea cual sea el entorno que me rodea, puedo contar conmigo.

Los mosaicos del espacio en que normalmente hablo más conmigo misma, la cocina.

Así que gracias a 446 páginas, un estilo de escritura que me permitió empatizar con la escritora y mi solitaria casita, hoy aplaudo que esta lectura cumplió la promesa que hace en su sinopsis: un especial viaje de revelación, equilibrio y paz interior. Respondiendo entonces a la pregunta sobre qué carajos es lo que quiero, descubrí que por ahora lo que quiero es dormir, pensar y hablar.

K.

Deja un comentario