El paso de los años se reflejan en las arrugas de su entrecejo, que no significan más que las marcas de las abundantes risas que acompañaron su camino por la vida; con pocas canas gracias a la favorecedora genética de sus antepasados, y huesos fuertes a pesar de la larga carrera que ha recorrido en un puñado de décadas. Está ahí sentada frente a la ventana, contemplando el espeso bosque de San José que alguna vez él eligió cuidadosamente para la ya presente vejez. En silencio, tarareando una canción en su cabeza como lo hace desde joven, siente de repente una chispa, un pinchazo, un destello en forma de pensamiento; y ahí está en su cabeza aquella bola de cristal que captura permanentemente el recuerdo de la noche cósmica planetaria en el mar.
El cielo plateado colmado de una intensa lluvia de estrellas contempló desde arriba aquella escena, mientras que la fresca arena reposó las confesiones y promesas que se intercambiaron durante la noche. No hizo falta recitar poesía, no se precisó de alguna explicación de todo lo que pasó, o más acertadamente, de lo que no pasó en los anteriores años, no hubo necesidad de formalismos convencionales; el sonido de las olas y el calor del fuego fueron suficientes para fertilizar aquella semilla que había sido sembrada tiempo atrás, y al fin se daba la oportunidad de germinar. Tal vez fue el ácido en la sangre, quizás la cebada fermentada, o probablemente la combinación de ambas, pero sea lo que haya sido, fue la ecuación indicada para desnudar dos almas que una vez más se reconocieron mutuamente.
A pesar de que ha pasado ya medio siglo desde entonces, aún puede deleitarse con el dulce sabor de sus pecas de sandía, imposibles de contar una a una, como los granos de arena sobre los que se recuestan; aún siente el sol sobre su desnudo cuerpo que flota en el fresco océano Pacífico, y recuerda perfectamente la sensación de éxtasis al despertar a su lado bajo el primer rayo de luz de un nuevo día. Saborea el limón con ostiones, siente la bandera de Brasil sobre su cadera, huele las brasas de los cocos en llamas ante sus ojos. Cinco décadas transcurridas no son suficientes para aminorar esa plenitud, estar más viva que nunca, sentir más fuerte que siempre, amarle más locamente que a nadie.

«Oye mujer…» Sigue tarareando ella en su cabeza, hasta que la bola de cristal se rompe en un estallido, cuando algo externo le interrumpe el pensamiento; es el estruendoso golpeteo de la puerta al fondo, que se abre súbitamente con el paso de un fuerte silbido del viento. No es nadie, tranquila, es tan sólo un grito del viento. Se quita de encima la manta que tejieron juntos en el ya lejano viaje que hicieron en bote por el Trópico de Capricornio, se levanta de su silla y camina lentamente, recorriendo la triangular casa de madera que rechina en cada pisada, y al ir cerrando lentamente la puerta, reconoce a lo lejos entre la niebla a su ahora eterno compañero salvaje. De abundante pelaje, ojos nobles y pasión implacable, el lobo se acerca todos los días a visitarla para recordar juntos aquel momento, hasta que ella parta también del mundo terrenal para entrar al paraíso, reencontrarse en esa playa y vivir nuevamente ese sueño. Inmarcesible sueño. Inmarcesible.
K.