En uno de los tantos tramos que recorrimos juntos en carretera, Francisco y yo compartimos nuevamente anécdotas, confesiones, filosofías y sueños. Así como en uno de esos episodios le dije hace ya 5 años: «Me quiero ir de viaje, pero no cualquier viaje, quiero recorrer Sudamérica con una mochila y sin fecha de vuelta, y para que eso suceda, voy a tener que renunciar. Eres Mi Jefe Favorito, pero voy a tener que dejar este proyecto pronto.» Con esa misma naturalidad y confianza de aquella vez, unos meses después, si no me equivoco en el trayecto de mi mudanza de Mérida a Oaxaca, sonó esta famosa canción de los Enanitos Verdes en mi auto, y voltea con sus ojos verdes y cansados de tanto trabajo para preguntarme: «¿Qué crees que significa esa canción?»
Eterna soledad. La escuchamos con atención, la pusimos otra vez desde el principio, y francamente aquella conversación fue de las más breves que tuvimos, culminando en un simple: «No lo sé, luego lo averiguamos». Un año después Mi Jefe Favorito se murió, y aquí me tiene a media noche tarareando esa canción y pensando qué se supone que su autor quiso decir en ella. Es en estos momentos en los que odio el hecho de que al menos un vez al día le lanzo un comentario al cielo, o al mar, o al perro que está a mi lado, y no recibo respuesta alguna; la verdad que no sé dónde se encuentra ahora, pero mis conversaciones se han vuelto monólogos, mis preguntas aleatorias no reciben sus sabias respuestas, siento que nuestra amistad se volvió unilateral porque ya no está presente.

Algunas veces le hablo mirando al cielo.
Por tercera vez en los últimos dos meses me toca tomar un vuelo con un asiento vacío a mi lado, y la cruda realidad es que es un sentimiento que no le deseo a nadie; la intensa emoción de un nuevo comienzo y una divertida aventura por escribir, y no poderlo compartir ni con un extraño que se siente a tu lado al menos las próximas 13 horas de vuelo. Así que te invoco, Francisco, para que llenes ese asiento, pidas una Coca Light como siempre la bebías en la oficina, o tu preferida Negra Modelo para relajarte un poco, y retomemos aquella plática que no pudimos terminar.
He hablado mil veces de la solitud, de la fortuna de amarse a sí mismo, de la capacidad de hacerse compañía cada uno, y así no depender de ningún factor externo para la felicidad. Creo que desde el fin de aquella relación de mi prematura vida amorosa me quedó muy clara esa lección; la evolución de dos adolescentes hacia una madurez adulta fue el escenario perfecto para comprender que necesitaba retomar el gusto de ser yo, de estar conmigo, independientemente de quién me acompañara en el camino. Gracias Zoke por darme tan hermoso regalo, el de retomar el amor hacia mí. Así que…
Ok, este escrito se interrumpe para tomar un cambio abrupto gracias a la magia que acabo de presenciar.
Estaba escribiendo esto por la noche, a punto de dormir, y cuando vi que mis ideas no estaban tomando ningún rumbo en específico y que empecé a divagar de la belleza de la solitud y a la vez de la amargura de un amigo perdido, decidí parar, ordenar mejor mis ideas, y continuar escribiendo otro día. Me fui a dormir con ese odio que mencioné en un párrafo más arriba por no tener a Mi Jefe Favorito cerca para rebotar mis pensares con él y terminar la famosa plática sobre la canción. Y entonces recibí una respuesta:
Estábamos físicamente en la cocina del hostal Mariposas, pero en mi cabeza ésa era nuestra oficina. Yo iba llegando a mi primer día de trabajo de vuelta en CoDetalle después de recorrer Sudamérica. Estaba Bere en su laptop, estaba Adri con una cámara grande y Pablo me saludaba con su «¿Cómo te va Karensen Rubenstein?». Llegó de pronto él con esa sonrisa enorme, vestido de blanco (en realidad en vida nunca le vi vestido de blanco), con una guayabera y pantalones de manta; estaba hablando con todos de cualquier cosa y yo contemplaba la escena cuando de pronto me cayó el veinte. Está muerto. Esto es un sueño. Me acerco, interrumpo la plática, y le digo sólo para confirmar:
«Francisco, pero tú estás muerto. ¿Esto es un sueño?»
Asiente con la cabeza. Me sonríe ampliamente.
«Estoy muerto, pero aquí estoy, y pronto este sueño se va a acabar, pero aquí estoy».
Con ese golpe de realidad lo abracé rápidamente y le dije cuánto le extraño siempre, lo abracé con más fuerza, y poco a poco se difuminó todo, hasta que mis brazos se aferraban a tan sólo aire vacío. Grito ahogadamente un «¡NO QUIERO DESPERTAR!», y despierto. Son las 5:32 AM, y no me queda más que llorar. Se fue su cara, su ropa blanca, su sonrisa de dientes alegres y desorganizados.
Hace tiempo que no escribía mis sueños. Los he compartido oralmente con alguien más, pero dejé a un lado el ejercicio de plasmarlos por escrito que había comenzado en Puerto Ramírez con la intención de mejorar mi consciencia onírica al ver pocos resultados en unos meses. No recuerdo cuándo fue mi último sueño lúcido, pero tengo muy claro que la última vez que soñé a Francisco y rompí en llanto de nostalgia como hoy fue en Florianópolis, Brasil.
Hoy volví a tener un sueño lúcido, le volví a llorar sobre la almohada, e interpretando esto como una visita del que fue mi mejor amigo en aquel tiempo, retomo el hábito de escribir mis sueños para controlarlos mejor y ver si logro alargar esos breves momentos que tenemos, como el de hoy, para al menos escuchar de su parte un «Estoy muerto, pero aquí estoy».

A veces también le hablo a través del mar.
Qué curiosa es la vida, ¿no? Empiezo escribiendo medio reclamándole que se haya ido del mundo terrenal, de que me deje hablando sola, de que no me ayude a descifrar qué dice la canción argentina, y en una bofetada en sueños viene a regalarme un poco de su tiempo que seguramente reparte entre toda la gente que lo extraña y lo invoca como yo. Para mi consuelo, he corroborado que su voz sigue intacta en mi memoria, después de que hace 4 meses tuve una gran lección de desapego al perder mi celular, y por no tener nada respaldado, perder en él también nuestra última conversación por teléfono, su última nota de voz. Qué alivio saber que los 3 años y medio que han pasado desde nuestro último encuentro no han sido suficientes para borrar de mi cabeza esa voz que ahora ya no puedo escuchar ni en una nota de audio.
Francisco, en este momento no tomas forma de cielo ni mar ni perro, sino que te conviertes en una pantalla, en una red social para enviarte un mensaje:
Gracias por venir a visitarme y hacerme sentir tu presencia. Te espero el 6 de marzo a las 00:35 hrs en Santiago para que estés a mi lado en el asiento, amenices un poco mi cruce por el Pacífico y compartas conmigo la plenitud que me brinda esta nueva experiencia. Sé que estás, lo sé. Y respecto a nuestra plática pendiente, no sé si será imposible para mí el comprender esa canción, pues con tu espíritu constantemente presente, no hay forma de que me pueda sentir en Eterna Soledad. ¿O tú qué crees?
K.