Kia ora.

A pesar de que vengo entrando a un país de habla inglesa, curiosamente lo primero que leo en tierras kiwis está escrito en Māori. Corto, fácil de pronunciar, y con los dos significados más útiles cuando se está en el extranjero. Kia ora: Hola, o Gracias; depende del contexto en el que lo uses. A un mes de mi llegada a la hermosa tierra de la gran nube blanca, recién me doy el tiempo de darle orden a la montaña rusa de emociones que han coloreado este Marzo de 2019; dicen en mi tierra que Febrero loco y Marzo otro poco. ¿Poco? Escribir esto desde mi cama, que está dentro del auto en el cual vivo, mientras espero a que suene la alarma para irme a trabajar 10 horas empacando fruta por el salario mínimo de este país, rodeada de gente de una docena de nacionalidades diferentes… Creo que el ajetreo de mi primer trimestre del año no ha sido poco. La imagen de mí misma estos días consiste en una migrante usando un ridículo atuendo que se conforma por un delantal que me llega debajo de las rodillas por mi corta estatura y una malla para cubrir mi cabello cual señorita de carnisalchichonería de supermercado, sin maquillaje ni joyería, con zapatos cómodos para aguantar 10 horas de pie, con el ruido de una aparatosa máquina como banda sonora, estrictos tiempos de comida de 15 minutos, y todo a cambio del salario más bajo que uno puede recibir en esta nación. Así estoy, y sonrío como idiota esas 10 horas, hablo con la gente de lo feliz que me hace esta situación, de lo afortunada que me siento de estar en estos momentos en estas condiciones. Febrero loco, Marzo otro poco, y la «tiny and cute» mexicana otro tanto más.

Kia ora, Chile.

Por esos dos meses en los que pude reencontrarme con mi más viejo – en edad, mas no de espíritu – amigo K, el único al que le lloré en más de dos años de mochilear Sudamérica. En el 2017 me fui empapada en lágrimas de Valpo a Mendoza con el juramento en mi corazón de volver a la Joya del Pacífico, de volver a ver al gringo porfiado, de volver a escuchar sus historias de los 70’s y sentir su olor a tabaco y café con whisky. Me tomó dieciocho meses cumplir esa promesa y cada uno valió la pena con tal de recibir toda la abundancia de esta ciudad que siempre me atrapa. Valparaíso, el lugar donde puedes ser lo que quieras ser; donde vestir de negro o del arcoiris completo es indiferente, donde las fachadas lucen las combinaciones de colores más ridículas y menos pensadas, donde vender chocolates, papel de baño y veneno para ratas en un mismo puesto es el mejor negocio callejero, donde puedes comer en la banqueta una brocheta de carne que está asada sobre un carrito de supermercado, donde los perros callejeros son tan gordos y consentidos que da pena ser perro de casa. Escalinatas con olor a marihuana y poesía escrita sobre el concreto, sirenas de bomberos cada tercer día, la prueba de la alarma que previene tsunamis cada jueves a las 12:30, callejones con hedor a orines, completos de a luka y mis amigos los leones marinos dando envidia con su vida sedentaria y despreocupada. Vuelvo a dejar el barrio Mariposas bañada de abrazos y apapachos, de sonrisas y cariños chilenos, con un «gracias por existir», «sigue brillando, solecito» y «si no quieres, no tienes que irte». Tanto amor hace que me vaya nuevamente llena en lágrimas, pero fue aquí mismo donde tomé la decisión de ir a la tierra de los kiwis a trabajar, donde este proyecto comenzó a tomar forma, y es en este Marzo 2019 donde toca dar vuelta a la página y seguir adelante.

Kia ora, Nueva Zelanda.

Tantas veces escuché que este país es hermoso y que su gente es absurdamente amable, que perdí la cuenta; aún así, estas semanas han superado mis expectativas de todo lo que soñé durante dos años. Verde frondoso por todos lados, incluso en la ciudad más grande, todo cubierto por un brillante cielo azul que por las noches se ilumina de estrellas fugaces. Sonrisas y pláticas casuales hasta afuera del banco, niños descalzos en la escuela y total confianza entre desconocidos. Un lugar sin malicia, un país que me recibe con los brazos abiertos y un deleite de montañas y playas para explorar.

Ni el salario mínimo, ni el ridículo atuendo, ni las 10 horas parada me van a quitar esta sonrisa de la plenitud de un proyecto más realizado, uno que apenas comienza.

Kia ora.

K.

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