Morningside Dr.

«¿Cómo le vas a hacer para salir de la ciudad?»

Van varias veces que me lo repito en la cabeza después de haber dado un par de vueltas por algunas calles de Auckland City. Me emociona saber que en pocos días cumplí varios objetivos que tenía pendientes para comenzar mi año en Nueva Zelanda, y hoy terminé esta lista de tareas con la que ha sido la mas difícil de conseguir: Comprar un auto para vivir en él. Entre que prácticamente no sé nada del tema automotriz, que mi escaso conocimiento al respecto es en español y no en inglés, y que hice la compra-venta con un francés que está quizá más perdido que yo, esto parece la Casa del Tío Chueco. Total, lo hecho, hecho está, y aquí me encuentro estacionada frente a un parque en Morningside Dr después de haber dado varios banquetazos y decidir que fue suficiente por hoy, que necesito parar. Manejar del lado opuesto resultó más demandante de lo que creía; busco el cinturón de seguridad en mi hombro izquierdo cuando en realidad está en el derecho, trato de ver por el retrovisor mirando a la derecha y me topo con el filo de la ventana del conductor, quiero poner las direccionales y en lugar de ello logro limpiar mi parabrisas. Lidiar con una ciudad nueva e idioma ajeno no me bastó, pues se me ocurrió la brillante idea de elegir un auto de velocidades sobre uno automático, y es así como mi cerebro sufre un choque eléctrico y me pide que me detenga.

«¿Qué rayos acabas de hacer?’

Honestamente, me ataco de la risa y disfruto el momento. Tal vez es risa de nervios, pánico, burla de mi situación, o todas al mismo tiempo, pero me río y guardo para siempre esta extasiante sensación de ser un punto en el espacio, ser polvo de estrellas, porque nadie sabe exactamente dónde estoy, ni siquiera yo misma. Dejé la casa de mis Couchsurfers por la mañana, me separé del vendedor del auto hace un par de horas, y mi último contacto por teléfono fue con otro puño de polvo cósmico que en estos momentos va camino a un paraíso de arena y mar en el que la señal de celular no llega.

«La belleza de la insignificancia, la levedad del ser.»

No sé por qué me gusta tanto ese sentimiento, pero sin duda me remonta a aquellas felices noches yucatecas en las que salía a caminar a media noche sin razón alguna y sin avisarle a nadie, a ver la calle y la gente pasar, a simplemente existir. Nadie me esperaba en casa, «ni un perro que me ladre», dicen por ahí, y por alguna extraña razón siento placer en ello, tanto que a veces me dan ganas de simplemente desaparecer (Tranquila, M, no lo voy a hacer). Varias ocasiones hablé de este placer con N durante nuestras tantas compartidas comidas, y aquí me encuentro en este parque, sobre esta banca de madera, volviéndolo a vivir.

Un paquete de barras de trigo que compré en el supermercado de la esquina me acompañan esta noche, y decido sustituir esos pensamientos de duda que ya me repetí por un buen rato, por un nuevo mantra:

«Te admiro por huevuda.»

La única vez que le escuché decir esa palabra, y sorpresivamente me la dijo a mí y en mi propia cara; a pesar de las tristes circunstancias en que me fue dicha esta frase a punto de abordar mi autobús hacia un nuevo comienzo, decido aferrarme a ella para darle calma a mi mente en mi cómoda y recién adquirida casa rodante. Huevos, que en mi caso serían ovarios tal vez. No sé si los tengo, francamente, pues hay una delgada línea entre ser valiente y caer en la tontería, pero me lo repito hasta creerlo y estar lista para volver a ponerme frente al volante y seguir mi camino. Me ayudo y me echo porras con un recuento de los logros que he tenido recientemente para creerme eso de que soy huevuda: «Ya tienes tu cuenta de banco y de impuestos, tu celular ya tiene número local y ya hasta te conseguiste trabajo. ¡Vamos, que estás 12,000 km fuera de casa y ya tienes la vida resuelta, K! ¡Claro que puedes hacerlo, venga, que sí eres valiente!»

Los intensos estímulos de las últimas horas y mi lucha contra el jetlag en los pasados días lograron mandarme a dormir alrededor de las 8:30 pm, y al despertar en plena madrugada me siento lista para continuar. Enciendo el auto, pongo en el mapa virtual mi próximo destino y sigo las instrucciones para llegar al que será mi futuro lugar de trabajo, pero necesito primero pasar a cargar gasolina. Ya me siento más cómoda manejando en el asiento derecho y por el carril izquierdo. Veo una gasolinera y entro en ella, y cuando por fin mi confianza ya estaba siendo reconstruida lo suficiente con eso de la manejada, veo la bomba combustible confundida y me vengo enterando de que – a diferencia de México, donde hay alguien que recarga tu tanque de gasolina – en Nueva Zelanda lo haces tú mismo…

«¿Y cómo carajos funciona esto?»

Te invito a reírte conmigo.

K.

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