Lecciones bovinas.

Cuando di mi discurso de graduación en aquel auditorio, representando a todos los alumnos que nos recibíamos de diferentes carreras en la que está catalogada como la mejor universidad privada del país, así de entaconada y orgullosa, jamás me imaginé que mi verdadera plenitud se encontraría en la vida de la granja. Desde niña fui de buenas calificaciones, más por gusto que por obligación, pues con el tiempo he reconocido en mí la pasión por el constante aprendizaje, y aunque no menosprecio en absoluto todo el esfuerzo que hicieron tantos profesores que tuve en los 19 años que pasé frente a un pupitre, las experiencias que he encontrado en la naturaleza y en la vida campirana me han dado lecciones que ningún libro o pizarrón me hayan enseñado jamás.

Algunas veces ha sido la montaña, otras el desierto y sus plantas; aquellos quince días en la Amazonía peruana fueron como un intenso diplomado, mientras que los cuatro meses aislada en la Patagonia se sintieron como una maestría entera. Mis actuales maestras de vida le temen a un trapo viejo en movimiento, se babean todo el cuerpo cuando comen y a duras penas pueden levantarse del suelo cuando se resbalan en sus propias heces. Lo sé, no suena muy apantallante la descripción de mis nuevos gurús de vida, pero detrás de esos detalles superficiales, los centenares de vacas que me rodean en mi actual contexto me han enseñado tanto, que necesitaba plasmarlo por escrito.


La ironía del miedo.

Son las 5:00 AM y es mi primer día de trabajo. En lo que aprendo las docenas de cosas que se hacen todos los días en la granja, me asignan la tarea de arrear a las vacas hacia la rueda en la que son ordeñadas. Con entusiasmo de novata salgo muy decidida a gritarles, y de pronto me encuentro entre centenares de animales de media tonelada cada uno; no veo más que anchas caderas moviéndose de un lado a otro, y a pesar de ser totalmente indefensas, no puedo evitar pensar de que en cualquier resbalón de alguna de ellas, o en un movimiento brusco, me pueden apachurrar con su enorme cuerpo. Esa misma mañana tengo mi primer acercamiento para aprender a colocarles los tubos que les sacan la leche, y al sentir mis nervios y nuevas manos, la vaca que está frente a mí dándome la espalda – o las ubres, mejor dicho – suelta una patada que choca con un tubo y retumba en todo el cobertizo.

Son 500 kilos con una limitada vista periférica. Soy 50 kilos de nervios y emoción por mi nuevo trabajo. ¡Claro que me da miedo! A pesar de no tener garras ni ser venenosas, su tamaño y fuerza me imponen e inspiran respeto.

¿Cómo le hago para arrear a estas reses cuando caminan por el rumbo equivocado? Meneo cualquier trapo viejo y roto, porque les da miedo. ¡Qué ironía!


Perseverancia obligada.

En la granja no hay domingo, no hay asuetos, no hay un «después lo hago». Los animales comen todos los días, las plantas necesitan cuidado siempre, la leña para sobrevivir al invierno se requiere a diario.

En lo que a mi actual trabajo concierne, los becerros que nacen en agosto y septiembre necesitan comer diario. Dado que la industria lechera ha alterado su ciclo natural y yo misma los aparté de sus mamás siendo recién nacidos, me toca enseñarles a tomar leche en unos bebedores industriales que usarán los próximos tres meses. Algunos aprenden en su primer intento, pero otros tardan más tiempo en acostumbrarse, y sin duda es la tarea que más energía me roba en el día a día. Lidiar con un ser vivo hambriento que te tiene miedo, pero que a la vez te persigue porque tu ropa huele a leche y eso despierta su instinto y apetito, es realmente agotador. Te sueltan cabezazos, salen corriendo, se empujan entre ellos, y cuando por fin están aprendiendo a succionar del bebedero, llega otro y los empuja con su torpe andar de recién nacido. A veces me dan ganas de dejarlos ahí peleándose entre ellos y gritarles: «¡Pues entonces por mí quédate con hambre! ¡Estoy tratando de ayudarte y no me dejas!» Pero si no le enseño yo, nadie lo va a hacer. Si no lo quiero hacer hoy, no puede esperar hasta mañana. Si quiero despertarme tarde en domingo, los becerros van a tener hambre a la misma temprana hora.

En la granja no hay vacaciones. Las tareas se tienen que cumplir y no se dejan «para el lunes». Los animales no son archivos de computadora que guardas para abrir y continuar después. Cuidado constante e intentar hacer las cosas, hasta que te salgan.


Muerte y consciencia.

Ya van varias veces en la vida en que me he preguntado «¿Por qué el humano hace de la muerte algo tan grande?». Es un tema demasiado profundo para ahondar en él en este escrito, pero varias escenas del trabajo me han puesto a reflexionar sobre esto, y más allá de obtener respuestas, me surgen nuevas dudas.

Al explicar que les quitamos a las vacas a sus becerritos recién nacidos seguramente te surgió un pequeño sentimiento de tristeza, o al menos así fue mi caso. ¡Le estás robando la maternidad a un animal que ya cargó a su bebé en el vientre por 9 meses! Suena cruel, y aunque no dudo que en su curso natural esta relación de madre e hijo prolifere de una forma muy linda, ahora puedo decir que he visto con mi propios ojos que mientras la vaca recién parida tenga pasto para masticar a su alcance, le importa un reverendo cacahuate. No quiero ofender a nadie ni menospreciar la inteligencia emocional de estos animales; de hecho, soy una fiel defensora de todos los tipos de inteligencia y soy el tipo de persona que saluda hasta a las plantas; pero en serio, en lo que llevo en este trabajo han habido al menos unos 300 partos, y no veo ni que las vacas sufran por sus hijos, ni viceversa. Mientras haya pasto y leche, todos felices y en paz.

Por otra parte, recorrí unos 3 km en cuatrimoto moviendo una docena de vacas, de las cuales una caminaba con el hocico y una pata de su fallido parto, y por ende, becerro muerto, asomados de su vagina. ¿La vaca iba afligida, preocupada o en duelo? La llevamos a una nueva área para pastar, así que con lo que conté en el párrafo anterior, la respuesta es No.

Finalmente, por diferentes políticas de calidad que la empresa demanda, a veces se tienen que matar a becerros que no son «buenos» para el negocio (no lo digo yo, sino la industria), como los que cojean, o están muy flacos o enfermos. Con una especie de arma se les dispara en la cabeza y mueren al instante, todo esto dentro del mismo establo donde están el resto de los becerros. ¿A los demás les importa presenciar la muerte de uno de sus compañeritos? ¿Se muestran tristes o con miedo de morir también? ¿Les incomoda incluso el hecho de que a veces el cadáver queda ahí un día entero en lo que se lleva el cuerpo a la fosa de difuntos? Parece que ni siquiera se dan cuenta, porque como toman su leche dos veces al día, todos los días, la respuesta también es No.


Amor inefable.

Tengo las piernas llenas de moretones por las incontables patadas que recibo diariamente al darles el calostro en biberón a los recién nacidos, me duelen los brazos de tanto mover y reacomodar a los becerros en sus bebederos para que todos alcancen a comer suficiente, mi espalda pide a gritos un descanso de cargar costales de grano y cubetas de leche, los ojos me pesan toneladas cada día cuando la alarma suena en la madrugada para empezar a trabajar. Tal vez suena a tortura, pero lo cierto es que cada esfuerzo físico, cada gota de paciencia, cada minuto de mi tiempo que le doy a estos animales vale la pena.

Jamás me imaginé que estas criaturas pudieran inspirar tal amor en mi ser, y es algo nuevo que estoy descubriendo de K. La ternura de esas espesas pestañas, lo simpáticos que son sus largos pelos de las orejas, la paz de su existir mientras duermen su siesta, la felicidad que sienten mientras mueven sus colas cuando están comiendo, el placer que manifiestan cuando brincan después de haber llenado sus barrigas. ¡Las quiero! A todas y cada una, a las adultas y a los becerritos también.

Comienzo a reconocer a las vacas que ordeñamos por la forma y tamaño de sus ubres, pues todas son diferentes; cada una tiene un carácter distinto, ya que algunas son rebeldes mientras que otras son más relajadas. Siempre procuro darme unos diez minutos en el ajetreado día para regalarle un abrazo a los recién nacidos, y aunque sé que no entienden mi idioma, a todos les digo «Bienvenido a este mundo, chiquitín». Les canto un poco de Bob Marley por las mañanas, y cuando me toca ordeñar por las tardes, acaricio sus ubres porque sienten rico. Ahora que sé que les gusta la música, procuro salir en mis días libres a tocarles la melódica, y cuando no las veo, las extraño y no dejo de hablar de ellas.

¡Wow! Escribo esto, y ni yo misma me lo creo. Pero la realidad es ésta, y me siento muy agradecida por despertar esa montaña rusa de sentimientos en mí, y por todo el aprendizaje que estoy adquiriendo gracias a esto. Puede que yo les dé alimento a estos seres, pero más me dan ellos con las lecciones que me dan todos los días. Lecciones de vida. Lecciones bovinas.

K.

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