Querida Marike,
Aunque en mi cabeza sigues siendo Johanna, hago el esfuerzo por llamarte Marike, pues ése es tu primer nombre, y al que realmente respondes cuando estás en casa; el español y su parecido con la palabra «marica» te obligó a recurrir a tu segundo nombre en tu paso por Latinoamérica. Así que… Querida Marike, no te digo querida por mero formalismo que implica el inicio de una carta, eres querida entre mis recuerdos desde que nuestras vidas se cruzaron en la finca de los Pagliafora.
Después de compartir algunas semanas las largas jornadas de cosecha y conserva de tomates en la granja, darle de comer a los gatitos por la mañana y morir de ternura ante la pequeñez de Gaspar, y vivir el ayuno por mero experimento social, te hiciste tan cercana a nosotros que decidiste acompañarnos a Valparaíso y quedarte unas semanas más. Una tarde, antes de irte de vuelta a casa, me diste una de las lecciones más bonitas que me han dado en la vida, cuando me dijiste con esa sonrisa llena de templanza y rodeada de tus cachetes rosados por tu delicada tez blanca: «Muchas veces pensamos cosas buenas de la gente, pero pocas veces se las decimos frente a frente, y por eso hoy quiero decirte todo lo bueno que veo en ti». Fue así como siguieron unos minutos de palabras maravillosas y halagadoras, llenas de cosas que ni yo misma sabía de mí.

Desde ese día he tratado de aprender de ti, procurando hacerle saber a los demás todo lo positivo que pienso de ellos; hoy lo hice con una amable pareja de voluntarios que me ha llenado de amor con su generosidad las últimas dos semanas, y al final te me viniste a la mente, y me invadió la tristeza al darme cuenta de que es un ejercicio que nunca hice contigo. Te escribo en estos breves renglones lo que me encantaría decirte directamente a los ojos:
Eres una persona genuinamente alegre, siempre fue fácil reír contigo, que al final resultaba más divertido con tu risa de puerco. Tu inteligencia emocional es admirable, lo cual me hizo disfrutar de cada plática que compartimos, pues creo que pensamos de una forma muy similar, y cuando no era así, supimos respetar el punto de vista de la otra. Contrario a lo que piensas, no eres lenta, te tomas el tiempo indicado para hacer las cosas correctamente; admiro tu dedicación hacia tu trabajo y la honestidad con la que defendiste tu punto de vista en los debates que se formaron en la mesa durante las cenas en la finca.
Poniéndonos la día, te comparto que las montañas que pintaste en la Casa Mariposas siguen luciendo tan perfectas como las dejaste. «Dedos» ha crecido bastante, e incluso ahora tiene un hijo, ¿Puedes creerlo? Un ser tan pequeñito que todavía se da el lujo de crear algo aún más pequeño. A la fecha no he comido un pastel tan rico como el que hiciste el día de mi cumpleaños, te lo juro; se la pusiste difícil a los pasteleros de todo el mundo con aquel suculento festín de chocolate. En México volví a comer de las galletas holandesas que nos presentaste en la granja, y en cada mordida me transporté a aquella tarde de domingo bajo el sol de Mendoza.
Tu número de teléfono argentino lo tenía guardado en mi celular Samsung color blanco, así como tu número holandés. Ése celular lo perdí en septiembre del año pasado, y como no respaldé jamás mi información, junto con el aparato electrónico, perdí también tus datos de contacto; no formas parte de ninguna red social, y tampoco se nos ocurrió intercambiar nuestros domicilios. Es así como termino en esta pantalla, escribiendo una carta que jamás recibirás, con la esperanza de que algún día las vueltas de la vida nos vuelvan a topar para poder decirte frente a frente: «Ven Marike, que te voy a decir todo lo bueno que veo en ti…«
K.

