Desde que me tomé el vuelo a Port Moresby, supe que iba a un lugar que sería fascinante dado que ni una cuarta parte del avión estaba ocupada; unas cuantas cabezas rubias que seguramente iban por viaje de negocios se asomaban frente a mí, y varias miradas de extrañeza me indicaron que los turistas no suelen tomar esta ruta, y mucho menos en mi estilo mochilero y alejado de los tours y resorts. Desde meses antes quise investigar un poco acerca de lo que uno puede ver y hacer en Papúa Nueva Guinea, pero sin mucho éxito en mi búsqueda decidí que sólo había una forma de saber qué pasa en uno de los países que recién se comienza a desarrollar en el mundo moderno: visitándolo.
Desde el aterrizaje en la capital Papuana pude ver que el personal del aeropuerto iba vestido con sencillos atuendos, sandalias desgastadas y zapatos empolvados, muy distintos de los tacones y trajes sastre que normalmente he visto en otros aeropuertos del mundo. Tener un poco de conexión a internet resultó casi imposible y bastante caro desde el primer día, dormí sobre el suelo al igual que los locales y compartí con ellos el único baño que había para el uso de hasta 10 familias. Los clanes que muy amablemente me hospedaron en sus aldeas durante los próximos días se sentían un poco avergonzados porque para comer no podían ofrecerme aquello que normalmente consumiría una «Dim Dim» (que significa mujer blanca en su idioma), y por sus condiciones de vida en general. ¿Cómo era posible que una occidental anduviera experimentando la «village life» del tercer mundo? Qué ironía; yo lo veía de otra manera…
Despertar sin el barullo de una alarma, con el simple sonido de las aves de la jungla y la luz del sol tropical que entra por la ventana. De desayuno me apetecía algo de fruta, por lo que bastó caminar un poco para ir al huerto a cortar una jugosa papaya y la piña más dulce que jamás he probado, esto tras trepar la palmera que nos dio el refrescante coco que bebí y comí con placer en demasía. ¿Y qué hay que hacer hoy? Nada, me parece… O bueno, podemos caminar a la cascada para darnos una ducha y en el camino cortar los vegetales que queramos cocinar para el resto del día. Ya entrada la tarde podríamos ir a pescar para la cena, y de paso admirar los colores de la inmensa vida marina que hay alrededor.
«Village life is simple»
Dijo Smith mientras fumaba una hoja de tabaco enrollada, tabaco que él mismo planta en su casa. Me explica que no necesita dinero porque todo lo que come lo tiene en su huerto y en el mar, si necesita algo de electricidad tiene unos páneles solares instalados, el agua que beben viene de la montaña, cualquier manjar del mar que le apetezca comer lo tiene a un par de zarponazos de distancia, y hasta su vicio fumador lo tiene resuelto. Su tiempo lo usa en mantener productivo el huerto, construir balsas de los árboles nativos para sus días de pesca, contemplar a su familia y compartir con ellos tiempo de calidad. Yo no dejo de pensar: ¡Wow! Este hombre es el más rico del mundo.

Sin presiones de horarios de oficina, de pagar deudas, de hacer las compras del súper aprovechando ofertas, de cumplir deseos o aspiraciones que la televisión y el Internet nos han vendido… Esta familia es completamente feliz. En la ciudad de donde vengo he visto a gente pagar varios cientos de pesos en el famoso Pancho’s por un platillo de mariscos que aquí tengo fresco y prácticamente gratis, un frasco de aceite puro de coco para uso de belleza, comida o lo que sea lo encuentras bastante caro en las tiendas de productos orgánicos mientras que en estas aldeas lo sacan directo de la palma, en abundancia y sin costo alguno; la gente de aquí come sano (sin azúcares o grasas procesados ni conservadores), abundante y con el mero costo del propio esfuerzo por las cosas, sin uso de monedas ni billetes. Para ver la inmensa belleza del mar no necesitan contratar un tour o irse de vacaciones, pues tienen el paraíso afuera de sus propias casas. No les hace falta nada, no le deben nada a nadie.
Así que me siento a disfrutar un coco con Smith mientras él piensa que yo soy la mujer blanca con más riqueza que ha conocido, y yo lo veo a él pensando exactamente lo mismo de su persona. Que si mi país es más avanzado, me pregunta; que si no me incomoda estar en una nación de tercer mundo… Que me perdone mi profesor de economía, pero creo los indicadores de desarrollo necesitan un reajuste, porque vistiendo una camisa rota, sandalias de hule y no más que un par de monedas en el bolsillo, este hombre que tengo enfrente sería para mí uno de los más ricos que jamás he conocido.
K.

