Volví a correr después de mucho tiempo, y las palabras a su vez retomaron forma en mi cabeza. Me encantaría decir que hoy quiero escribir de lo bonita que ha sido la naturaleza en la mística sabana africana -¡que lo ha sido!- o de lo mucho que me ha hecho crecer tanto choque cultural en los últimos años -que también es cierto-. Me cuesta un poco admitirlo porque soy una optimista empedernida sin remedio, pero hoy estoy molesta. Bueno, no yo, sino mis palabras. Quiero escribir de esos temas que no a muchos les gusta tocar, y mucho menos admitir que están latentes en nuestro mundo «moderno», según nosotros. Quiero expresar mi nuevo sentir respecto al feminismo, una lucha que ha avanzado pero no es victoriosa por ahora.
Durante muchos años traté de no jugar a la víctima como mujer, e incluso me esforcé en encontrar injusticias que justificaran al hombre para tratar de contrarrestar y equilibrar un poco la balanza, esto tal vez en mi intento «rosa» de querer decirme a mí misma que la cosa no está tan mal. Hoy no es el caso diferente en cuanto a no querer hacernos víctimas como mujeres, pero sí puedo decir que ahora que he visitado los 5 continentes habitados por la humanidad, he sido testigo de un montón de situaciones que me abren los ojos hacia la triste realidad de que sigue habiendo mucha injusticia entre los géneros. Hace unos meses conocí a una muy querida amiga, que en una profunda plática me dijo:
Ser mujer en cualquier parte del mundo es muy difícil…
En aquel entonces me pareció un poco radical el comentario, pero hoy me uno a su voz y me comprometo a luchar aún más desde mi pequeña trinchera para combatir esta realidad.
Y es que me pongo a pensar en que no importa si es oriente u occidente, zona urbana o rural, religión tal o cual, la sociedad -tanto hombres como a veces las mujeres mismas- es más estricta y limitante con el género femenino. Hablaré con base en mi propia experiencia:
En mi cultura urbana, jamás he leído alguna noticia que hable de algún chico que fue atacado y violado por haber salido «solo, y con ropa provocativa». Nunca he visto que a un hombre se le eduque para cuidar lo que bebe en un bar para cuidarse de que abusen de él, ni que le digan antes de salir de su casa «Tápate, porque eso puede provocar a alguien». ¿Por qué no, en lugar de enseñarnos a nosotras a vestirnos diferente, mejor le enseñan a los hombres a respetar la apariencia de las mujeres? ¿Por qué no se les dice que no somos sólo objetos sexuales y que nos gusta también salir a bailar y divertirnos, y sería mejor si no nos tuviéramos que preocupar de todo aquel que nos mire o las bebidas que nos ofrecen? Yo en lo personal JAMÁS puedo disfrutar de más de una cerveza si no estoy entre gente que conozco plenamente. Es una regla impuesta a mi seguridad y nunca pienso romper.

En la vida rural africana se acostumbra que el hombre tenga cuantas esposas quiera, siempre y cuando pague la cuota de ganado exigido, y la primera esposa no tiene voz ni voto en la decisión; ¿Y por qué no existe la opción de que sea viceversa también? A fin de cuentas, la mujer es la que se encarga de construir la casa donde va a vivir, de acarrear el agua del río más cercano, de traer la leña para cocinar -y de cocinar también, claro- además de cuidar a los niños. El hombre sólo se dedica al pastoreo, y la mujer a todo lo demás. ¡Pues claro! Si yo fuera hombre africano también querría varias esposas, que además ni si quiera me van a poder renegar en nada.
En occidente muchas veces una mujer que disfruta de su sexualidad libremente es tachada de «puta o facilota«, mientras que a un hombre que anda de picaflor es aplaudido con un «bien hecho, cabrón«. ¿Y qué pasa si el sexo femenino se enoja por alguna situación? Seguro está «en sus días» o es una «vieja loca» por lo que no se le toma en serio. Pero un hombre sí puede tener mal genio en el momento que le plazca sin echarle la culpa a las hormonas, y si bien le va, hasta será más respetado y temido.
En mi andar por el oriente, me han explicado que un hombre divorciado se puede volver a casar y rehacer su vida sin problemas, mientras que la mujer divorciada jamás será apreciada ya, por lo que está destinada a quedarse sola y con sus hijos, perdiendo la oportunidad de volver a experimentar el amor en su vida. Chula cosa… También hay aún muchos lugares -aunque los medios digan lo contrario- donde se practica la mutilación femenina, en contra de la voluntad de las niñas, para que en un futuro no tengan deseo sexual y por lo tanto les sean fieles a sus maridos. ¿Y a poco dan por hecho que los hombres serán fieles por siempre? ¿Para ellos no hay prácticas antisalubres para aplacarles la líbido?
Ya ni quiero profundizar en el documental que recién ví, donde explican que en pleno siglo XXI sigue existiendo una brecha salarial entre hombres y mujeres, las historias que escucha uno a diario de la amiga a la que toquetearon en el autobús, a la que le pidieron un favor sexual a cambio de un ascenso laboral, o lo que sentí cuando un buen amigo que hice en cierto país (un tipo que me cayó muy bien, a decir verdad, salvo este comentario) dijo que las mujeres en su país no eran guapas, que se descuidaban mucho, sobretodo después de tener hijos porque no hacían ejercicio y no tenían bonito cuerpo; esto lo decía mientras se sobajeaba su panza de mínimo unos 20 kilos de sobrepeso con una copa de ron en mano y ni las mínimas intenciones de cambiar sus hábitos. Creo que la ironía de su comentario se explica por sí sola.
Éste es el tercer escrito que hago en mi vida respecto al tema feminista, y me doy cuenta que es en el que más descontenta me leo. ¿Me estoy amargando, o por fin me estoy dando cuenta de las crudas verdades de este tópico? No estoy segura, pero sí sé muy bien que me da rabia estar sentada en un bar en Uganda rodeada de puros hombres disfrutando con cerveza en mano y jugando billar, mientras afuera está repleto de mujeres trabajando vendiendo comida para mantener a sus hijos, porque son madres solteras, ya que sus parejas las dejaron. A lo mejor no es la misma historia de todas ellas, pero sí de la mayoría, y todos sabemos que eso mismo pasa aquí y en toooooodos lados.

La vida me ha mandado a buenos hombres en mi andar. No me quejo de ninguno de ellos, ni de algún otro en particular. Sólo, como dije al inicio de este escrito, ahora entiendo eso que me decía mi querida A cuando se refería a lo difícil que es ser mujer donde sea. Me confunde un poco el definir qué puedo hacer para cambiarlo, y como siempre que me planteo estas dudas morales, me quedo con el actuar de mí misma. Defender mi opinión y mis deseos profesionales, exigir los mismos derechos que cualquier otra persona, no dejarme intimidar por los hombres que no saben guardarse sus comentarios grotescos en la calle para su propia lujuria interna, enfrentar las injusticias sin ponerme en riesgo ni ofender a nadie, e invitarte a ti, seas del sexo masculino o femenino, a hacer lo mismo para normalizar la igualdad de géneros.
Vamos a equilibrar juntos esa balanza.
K.