Muchas veces quise tirar la toalla cuando sonaba mi alarma a las 3 de la mañana para empezar a trabajar, pero a pesar de las largas jornadas de 11 días sin descanso, horas extras diarias, poco tiempo de sueño y el mal trato de mi jefe, la desmotivación no fue suficiente para dejar a un lado los planes que tenía en mente. El entusiasmo con el que llegué en marzo parecía extinguirse con mi nueva realidad laboral, pero el sueño mochilero mantuvo vivo el espíritu guerrero; imaginarme en una hamaca en las playas del sudeste asiático, comiendo todas las frutas que me apetecieran, y volviéndome loca con el choque cultural del continente amarillo que desde hace mucho me llama la atención fue la imagen que hacía que todo valiera la pena. Terminó mi año laboral en Nueva Zelanda, y con presupuesto y ruta armados salí de tierras kiwis con la mochila llena de emociones.
Una vez más, mientras yo hacía planes, a Dios – destino, orden mundial, Anunnakis o como le quieras llamar – le daba risa…
Tras una semana de ensueño en la hermosa playa de Inasakan, acampando, sin señal, y con montones de corales por explorar, resulta ser que el mundo se vuelve loco y el sueño mochilero se ve truncado porque el confinamiento a nivel mundial empieza. Vuelos cancelados, prohibido moverse a cualquier provincia, incluso puedo ir a la cárcel Filipina si se me ocurre salir a la calle si no es por estricta necesidad. Y aunque aparentemente esto pasará el 13 de abril, mi cabecita ni se imaginaba lo que estaba por venir.
Optimismo y la cara en alto

Siempre he sido de carácter alegre, así que ante la noticia de la cuarentena, me siento afortunada de estar en un lugar tranquilo y hasta cierto punto «lindo», de no tener bocas que alimentar, y de tener fondos para solventar mi inesperada extensión de estancia en Filipinas. Soy fácil de entretener, así que unas cartas, dados, mi melódica y un par de libros bastan para pasarla bien, además de la divertida compañía de MLF que hacen que las primeras 3 semanas pasen rápido. Regalar sonrisas en la calle, incluso detrás de las mascarillas, para que la gente se alegre un poquito, y saludar y bailar desde el balcón del hotel en el que quedé varada es algo que decido hacer para repartir buena vibra entre la desgracia que se respira entre los locales que están desesperados por trabajar, y a la vez con miedo de enfermarse.
De vez en cuando nos entra un poquito la desesperación, pero bueno… Ya pasará. Se vino una extensión de la cuarentena de otros 15 días más, en los que aún me imaginaba alcanzar a pasar mi cumpleaños en algún bar de Bali para hacer memorable el paso al tercer piso, y después otra extensión más que suman ya 6 semanas de estar estancada en un cuarto de hotel.
Desconfianza de mí misma

¡Me quiero volver loca! La aerolínea que canceló mi vuelo ya de plano me dijo que tengo un voucher para canjearlo dentro de un año, las extensiones quincenales siguen apareciendo, y volver a México ya no es siquiera opción porque no hay ni un solo vuelo, ni caros, ni baratos, ni nada.
Porque lo pedí durante mucho tiempo, por fin el gobierno local me dio permiso de volver a Inasakan para por lo menos tener sol, arena y playa para no pasarla tan mal en el confinamiento; y vaya que es una maravillosa opción, pero después de otros dos meses de estar viviendo en La Habanera (mi casa de campaña) en la isla con sólo tres familias más, sin señal, simplemente ha sido suficiente. Quiero dormir sin preocuparme por estar llena de arena, quiero ver una película, conocer más gente, conocer a mi recién nacida sobrina, calentar agua para un café sin tardar media hora en recolectar leña y hacer fuego. Vaya, que no soy nada especial ni delicada, pero han pasado cuatro meses y me siento cansada de no sentir esa comodidad de hogar.
Me siento estúpida de quejarme estando en este lugar tan paradisíaco, pero a pesar de ser tan bello, no es lo que yo quiero. Es como si murieras de antojo de una enorme pizza llena de grasa y queso con una cerveza helada, y te sirven en el plato caviar con vegetales mixtos acompañado de una copa del mejor vino de Francia. ¡Caray, que está buenísimo, y es de lo mejor! Pues sí, pero no es lo que yo quiero… Cuando me maté trabajando en Nueva Zelanda, no lo hice pensando en gastar mi dinero en un área de 100 metros cuadrados.
Este sentimiento me hace dudar de mis decisiones, y no sé qué hacer. ¿Era mejor volver a México cuando aún había vuelos de emergencia para repatriar a gente como yo? ¿Me quedo aquí en la playa? ¿Nos movemos a una ciudad, aunque la cuarentena esté más estricta? ¿Me quedo quieta a observar cómo la pandemia toma las decisiones de mi vida, o trato de hacer algo por seguir aunque sea a medias con los planes de seguir mochileando? ¿Cuál es la decisión «menos peor» que puedo tomar bajo mis condiciones?
Resignación y sedentarismo

Olvídate de la vida nómada, K. Simplemente no es opción ahora, y no va a suceder en unas semanas o meses más. Acabo de acordar una renta mensual en una casa en Calapan donde escribo esto cómodamente en calzones, porque por fin, esto se siente como una casa propia. La magia de la aceptación me da paz mental y lucidez para volver a mi estado optimista para apreciar lo afortunada que soy: bajita la mano estoy aprendiendo a hablar Tagalog, mis amistades Filipinas han sido pocas, pero duraderas y más fuertes que cuando ando mochileando, en la isla aprendí a pescar a la brava con botellita de plástico y anzuelo y tal vez eso no lo hubiera hecho viajando, los locales son re buena onda y francamente me han abierto las puertas para hacer mi estancia en su país la mejor posible a pesar de las circunstancias, y puedo compartir este loco giro de 180° a nuestro plan de vida con MLF.
Qué ironía, yo que buscaba pasear la mochila de un lado a otro, y ahora hasta se me está llenando de moho de lo poco que la he usado. Ni mi voluntad necia pudo con este virus, y fluir es la que resulta en estos momentos mi mejor opción, recordándome todos los días que en el momento en el que dejas de pensar en lo que puede pasar, comienzas a disfrutar de lo que está pasando.
K.