Gandhi

Desayunando pan francés, me acordé de ti, como siempre lo hago cuando como este exquisito manjar esponjoso, y es que ese recuerdo viene con la escena de mí misma, siendo niña, pensando por qué rayos te gustaba tanto desayunar esto; la idea de huevo con leche, azúcar y canela simplemente no cabía en mi cabeza. Ahora es sin duda de las comidas matutinas que más disfruto, y no lo sabías, pero siempre me recuerda a ti.

Compartimos poco, incluso casi nada, pero nunca se podrá reducir a la nada, porque por lo menos me encargué de robar tu cumpleaños, así que el 12 de mayo siempre será algo que nos pertenece a ambos. No sé tú, pero a mí siempre me da mínimo media hora de plática cuando la gente me pregunta sobre mi cumple; explicar que es el mismo día que el de mi hermano, pero no somos gemelos, en realidad nos llevamos 3 años, bueno… que si nos ponemos estrictos, nos llevamos 2 años, 364 días y 12 horas, porque (me aguanto la risa antes de contar esto) nacimos a la misma hora, yo en la mañana y tú en la noche. Las actas de nacimiento lo comprueban.

Nuestras conversaciones son como una visita al dentista: una o dos veces al año, breves, normalmente es porque se nos ofrece algo (a mí algo tecnológico, de seguro, siempre me acabas salvando; a ti que me salga de tu cuenta de Netflix porque quieres ver una película), y siempre acaban con un «Paro, ahí la bimbo», acompañado de la seña de Amor y Paz. Sin embargo, también tenemos esos esporádicos vómitos verbales, en los que hablamos de futuros tatuajes, que si vas a ser papá y qué pinche miedo, que me compré hace un mes un vuelo a Costa Rica sin regreso y nadie lo sabe, que más vale pedir perdón que pedir permiso, que otra vez se te olvidó la reunión familiar pero aquí te cubro y te hago el paro en lo que llegas… Eso me basta a mí,  eso te basta a ti, y es así como te conviertes en mi relación personal más sana, constante y estable en mi vida. No profundizo sobre cómo te va en el trabajo, no te interesa la explicación de mis viajes, no hablamos mucho de nada, y así es como lo entendemos todo: Estamos ahí para cuando se tiene que estar, y nada más.

ASÍ NUESTRAS LARGAS CHARLAS POR TELÉFONO

Ahora que lo pienso, creo que esa confidencialidad la compartimos desde que susurrábamos a espaldas de mamá sobre alguna travesura, o cuando sabaneábamos nuestros pedos mientras veíamos la televisión cuando éramos niños.

Nunca te he dicho que te quiero, porque sólo sé que lo sabes. Creo que en los últimos años te he dado a lo mucho uno o dos abrazos, porque sé que no es así como nos demostramos cariño. Incluso me resulta raro saludarte de beso, y estoy segura de que a ti también. Ante el mundo parecemos los peores hermanos, pero ante nosotros mismos somos justo lo que necesitamos.

Misma sangre, polos opuestos. Tú rara vez bailas, y yo me meneo hasta con el ruido de la licuadora; me he metido a practicar todos los deportes que se me han ocurrido mientras que tú no pasaste de algunas sesiones de basquetbol con tus amigos; te casaste con tu primer y único gran amor, y yo le he entregado mi corazón a varias barbas; en general eres socialmente tímido y con el mismo círculo social de hace años, en tanto que yo ando haciendo y dejando amistades por aquí y por allá como mariposa que vuela pasajeramente; yo vaga y valemadres, tú casero y prevenido. Incluso dudo que nos parezcamos físicamente, y aunque crecimos dentro del mismo útero y papá nos dio las mismas lecciones a ambos, tenemos personalidades tan diferentes y decisiones de vida casi totalmente opuestas.

Tan geek, tan carnívoro, tan despistado, tan sarcástico, tan poco expresivo, así eres mi hermano perfecto.

Paro, ahí la Bimbo ✌️.

K.

Deja un comentario